Nota: Sé que este post me merecerá innumerables mentadas de madres y comentarios encendidos, de esos que predominan en este ambiente post electoral, pero hay cosas que simplemente se tienen que sacar del pecho.
Antes de empezar he de confesar: este domingo 1 de julio no voté. Pueden decirme que fue por apatía política al no cambiar mi credencial de elector a tiempo y seguir con la que saqué en Villahermosa, pese a ya llevar más de un año en Puebla. Pueden decirme que fue irresponsabilidad por no irme a formar desde temprano a las casillas especiales, pero por desgracia tenía que trabajar en la cobertura, y no me pude desprender.
Sea como sea, acepto que fue mi error, irresponsabilidad, apatía, y en general fue mi culpa el no haber podido votar. Por esto mismo, no me siento con la calidad moral para quejarme del resultado. Sí, no es el que esperaba, aunque no me sorprende. Ninguno de los candidatos era mi gallo, pero al parecer las cosas pudieron ser mejor para todos. Pero, reitero, no me puedo quejar porque no participe.
Así pues, este pequeño texto no es para lanzar comentarios en contra del IFE, del PREP, de los candidatos, de las manifestaciones, del acarreo, compras de votos, y un larguísimo etcétera de las cosas que inundan esta resaca electoral.
Lo que busco simplemente es lanzar una pregunta: además de votar, ¿qué más has hecho para alcanzar el cambio?
Todos hablan acerca de como de haber ganado López Obrador se hubiera alcanzado el cambio real en el país, hubiera mejorado las condiciones de vida de todos. Pero en un sentido micro, personal, de la realidad del día a día, ¿qué hacemos para mejorar?
Hay cosas tan sencillas que sirven para generar un cambio, porque uno mismo puede llegar a ver la reacción en las demás personas.
¿cuándo fue la última vez que le cediste tu asiento a una señora o persona de la tercera edad en el transporte público? ¿cuándo fue la última vez que, mientras manejabas tu coche, le diste paso al peatón, recordando esa regla básica de la civilidad? ¿cuándo fue la última vez que ayudaste a un viejito a cruzar la calle? ¿cuándo fue la última vez que separaste tu basura? ¿le has dado por lo menos un vaso con agua a la gente que llega a pedir ayuda a tu casa? ¿das los buenos días/tardes/noches cuando te topas a tus vecinos?
Son cosas tan sencillas, que no requieren grandes manifestaciones, pero que en el momento que las haces puedes ver ese pequeño impacto, normalmente representada en la cara de incredulidad de la gente ante el hecho de que alguien esté retomando este tipo de acciones.
Pueden parecer simples, pueden decir que no ayudan en nada. Pero si tenemos esta idea de que los políticos nos quieren chingar, ¿por qué chingarnos nosotros mismos?
Los cambios se pueden, pero toman tiempo, y mientras esperamos podemos poner nuestro granito de arena con cuestiones tan sencillas pero con un gran impacto,
Parafraseando una frase que me gusta mucho de El Señor de Los Anillos, solamente puedo decir que "hasta las acciones más pequeñas pueden cambiar el curso del futuro".
lunes, 2 de julio de 2012
sábado, 30 de junio de 2012
Scott Pilgrim y el manual para las relaciones amorosas...
Todos tenemos equipaje emocional, ya
sea por nuestras propias inseguridades o por las malas experiencias
del pasado, pero siempre al entrar en una nueva relación amorosa es
importante poner todo de frente, y estar dispuesto a luchar con los
demonios internos tanto del nuevo compañero/a y de uno mismo.
El problema es cuando el pasado de tu
nueva novia viene a querer matarte.
Esta es en sí la premisa de Scott
Pilgrim Vs. The World, película basada en el comic del mismo nombre
escrito por Bryan Lee O'Malley, en la cual Scott (Michael Cera) tiene
que luchar en contra de los siete ex's de Ramona (Mary Elizabeth
Winstead) para poder mantenerla a su lado.
La historia tiene infinidad de
referencias a comics, videojuegos, grupos musicales, lo que la hace un ícono de la cultura geek en general.
Más allá de las peleas entre el personaje principal y sus enemigos, en donde salen a relucir espadas y movimientos de artes marciales impresionantes, además de estar representados como enfrentamientos de videojuegos clásicos, la historia se
puede ver en un plano más realista.
Cuando conocemos a una persona que nos
atrae y entablamos una relación, tenemos que enfrentarnos a su
pasado, a los recuerdos de las otras parejas, quienes pueden llegar
a amenazar la relación simplemente por el impacto que dejan en cada
uno.
Las parejas más viejas son las más
fáciles de derrotar, pues si bien siguen en la memoria ya no están
tan aferrados, pero mientras más reciente es la relación más
complicada se vuelve la lucha.
Es cuando nos enfrentamos al ex
inmediato, la persona con la que anduvo el objeto de nuestro interés
antes de nosotros cuando la cosa se vuelve más difícil, pues los
recuerdos siguen latentes y siempre tendrán una forma de meterse en
la cabeza.
Es así, como Scott elimina uno a uno a
los ex novios, hasta que aparece Gideon, el hombre que le rompió el
corazón a Ramona y ella regresa.
Al final, Scott enseña a los
espectadores una pieza clave para cualquier relación: para poder
luchar por alguien más, tenemos que luchar primero por nosotros
mismos, por sanar las heridas que traemos para poder entrar de lleno
en otra relación. En sí, tenemos que recuperar ese amor propio
antes de manifestar amor por alguien más.
Y esto es solo en referencia al pasado de Ramona, pero Scott no se queda atrás. Mientras se desarrolla la historia vamos conociendo de su pasado, de la chica que le rompió el corazón, y las cicatrices que esto le deja, como la inseguridad por su cabello largo.
Ese es uno de los elementos
fundamentales que, a mi parecer hacen de Scott Pilgrim una historia
que vale la pena leer, o por lo menos ver en la película, ya que
logra combinar lo geek con lo emocional, lo cual es la receta
perfecta para esta geeky little girl.
miércoles, 27 de junio de 2012
Un buen reportero es...
Por cuestiones personales llevo un par
de días preguntándome qué es lo que hace a un reportero bueno, un
poco en una postura de autocrítica al trabajo que llevo
desempeñando, de manera formal, desde hace poco más de un año.
Hoy, en un arranque de ocio, y de ganas
de dejar de pensar en otras cosas, le hice a dios esta pregunta -uso
la palabra “dios” con minúscula para no afectar
susceptibilidades pues me refiero a la deidad moderna Google- y su
respuesta coincidió con el precepto que tengo.
El primer link que me apareció
correspondía a una entrevista que se le hizo a una periodista
chilena Mónica González en la cual ella detalla que: “ojos y oídos bien abiertos
y sin anteojeras, convicción de que eres una herramienta de los
ciudadanos para informarse y un ego bien domesticado”, son las
características de un buen reportero.
Además, llamó la atención su
explicación sobre para qué sirve el periodismo: “Para que los
ciudadanos no se queden sordos, ciegos y mudos a merced del poder y
el crimen organizado”, lo cual aplica para los tiempos electorales
y la realidad en general del México en el que vivimos.
(Para leer la entrevista completa a
Mónica González visitar
http://www.elespectador.com/impreso/unchatcon/articulo-259633-monica-gonzalez-estamos-tiempo-de-rescatar-el-periodismo
)
En otro link me encontré una lista que
he decido pegar en la puerta de mi cuarto, como un recordatorio
constante. En este sitio, se hace una breve reseña de un libro sobre
el periodista Javier Restrepo, quien ha enfocado mucho de su trabajo
en los análisis éticos de esta profesión.
Con base a sus conocimientos, y
posturas de otros grandes reporteros, Restrepo generó el siguiente
decálogo:
El buen periodista debe ser, ante todo,
una buena persona;
El buen periodista debe estar orgulloso
de su profesión;
El buen periodista tiene un sentido de
misión en su ejercicio profesional;
El buen periodista es un apasionado por
la verdad;
El buen periodista es autocrítico;
El buen periodista elabora
conocimientos y los comparte;
El buen periodista hace periodismo con
un objetivo;
El buen periodista tiene el sentido del
otro;
El buen periodista es independiente;
El buen periodista mantiene intacta su
capacidad de asombro.
(Lista sacada de
http://valijeros.blogspot.mx/2011/10/el-buen-periodista.html
)
¿A dónde me lleva todo esto?
Bueno, tomando en cuenta esto, solo
queda preguntarme ¿cómo voy?
Antes que nada, doy gracias a que en
ninguna de las descripciones que leí del buen periodista se
mencionaba el tener un “temperamento controlado”, porque en ese
caso yo hubiera quedado fuera de la clasificación hace mucho.
Decir que uno es bueno o no puede ser
un arma de dos filos. De responder lo primero se puede llegar a sonar
egolatra; de responder lo segundo uno es su propio peor enemigo.
En mi caso, sólo puedo decir con seguridad que cumplo con al menos dos características del decálogo: estoy orgullosa de
mi profesión y soy autocrítica, aunque si, lo acepto, muchas veces
soy demasiado crítica y tardo en perdonarme los errores que llego a
cometer.
Más que definir si entro en la
clasificación de una “buena reportera”, esta duda va más en el
sentido de encontrar líneas, ideas que me ayuden a mejorar, a
pulir esos pequeños detalles que me faltan, porque sé que hay un
largo camino por recorrer, y esta profesión es un aprendizaje
diario.
sábado, 23 de junio de 2012
De Thriller y tiempos más sencillos
Podrá sonar raro el comentario, pero pese a lo trillado Thriller de Michael Jackson es una canción muy buena. La letra y la música tienen una simpleza que a la vez representa un gran ingenio. Ya sé, la vida de Jackson estuvo llena de muchos dramas y escándalos, pero hay que aceptarlo, no por nada el hombre fue lo que fue.
Ayer iba en un camión rumbo a mi casa, cuando escuché la canción por la millonésima vez en mi vida, pero está fue de las pocas veces que la aprecié, ¿la has escuchado con calma? La música no cambia, sigue la misma tonada a lo largo de los casi seis minutos que dura, y la letra no es más que un homenaje a todas las películas de terror que han encantado a generaciones, para rematar con una excelente línea para ligarse a alguien. Simplicidad y genialidad en su máximo exponente.
Ayer iba en un camión rumbo a mi casa, cuando escuché la canción por la millonésima vez en mi vida, pero está fue de las pocas veces que la aprecié, ¿la has escuchado con calma? La música no cambia, sigue la misma tonada a lo largo de los casi seis minutos que dura, y la letra no es más que un homenaje a todas las películas de terror que han encantado a generaciones, para rematar con una excelente línea para ligarse a alguien. Simplicidad y genialidad en su máximo exponente.
¿Por qué lo digo? Porque a diferencia
de la música que se escucha hoy en día, no requiere de grandes
efectos, ritmos acelerados y cachondos ni letras que giran en torno a
salir y cogerse a todo lo que se mueva o ponerse hasta las manitas de
borracho. Con su simplicidad, la canción logró hacer bailar a
millones en los ochentas en las discos, fiestas y demás, para lo
cual Britney Spears requiere encuerarse e invitar a la gente
embarrarse unos a otros para alcanzarlo.
Escuchándola, la canción me hizo
recordar tiempos más sencillos, no sólo en el ámbito de la música,
sino en mi vida personal. Automáticamente mi mente viajó a mi
infancia, y la primera imagen que se proyectó en mi mente fue mi
especial de Halloween favorito: Garfield y Odie vestidos de piratas
intentando encontrar un tesoro escondido pero terminan siendo
acosados por fantasmas.
Sin embargo, pese a mis intentos, no
logré recordar más momentos así de sencillos de mi infancia, la
cual considero un poco plana y sedentaria, pero mi mente dio un
brinco de muchos años, aterrizando a exactamente hace un año.
El 22 de junio del año pasado, para
ser precisa. De acuerdo a mis estimaciones, ese día fue cuando me
robaron mi computadora subiéndome a un camión. Tenía poco menos de
tres meses de haber regresado a Puebla a trabajar, y dos meses
cumplidos laborando en medios.
En ese momento no me di cuenta, y creo
que es hasta ahora que lo hago, pero en ese momento cambiaron muchas
cosas.
Aprendí que bien o mal, pese a los
amigos que sé que me apoyarán, estoy lejos de casa y eso implica
estar sola, por lo que hay que buscar la forma de sobrellevar
ciertas cosas. Aprendí a ver con otros ojos a una persona que se
volvió especial para mi. Aprendí a que pese a que te caigas, tienes
que sacar el trabajo adelante, y arreglar los asuntos sobre la
marcha. Y sobretodo, aprendí que mis especiales tengo que
respaldarlos.
Si bien ese junio ya mi vida había
cambiado radicalmente a lo que era, seguían siendo tiempos más
sencillos a lo que es hoy en día. Sé que la Shanik que se quedó
llorando a mitad del bulevard por su computadora no es la misma que
hoy escribe estas líneas, aunque sé que aún hoy en día haría lo
mismo.
¿Qué le diría a esa versión de mi?
Prepárate para un año lleno de estress, trabajo, desveladas,
sufridas, mal comidas, lagrimas, muchas lagrimas, corazones rotos,
pleitos, encuentros con excelentes compañeros y amigos. En sí,
prepárate para vivir uno de los mejores años de tu vida.
Y sí, muchas veces quisiera regresar a
esos tiempos más sencillos, en los cuales canciones como Thriller se
convertían en clásicos sin necesidad de exagerar, en los que mi
mayor preocupación era a dónde salir por las noches, pero son las
pequeñas complejidades de la vida las que les dan sabor, esos retos
que tenemos que superar día a día.
Es bueno recordar esos tiempos, pero no
cambio por nada lo que estoy viviendo ahora, y si quiero viajar de
regreso a ellos, solo tengo que recurrir a Michael.
martes, 8 de mayo de 2012
Un encuentro con Rubén Blades
El entrevistado llega tarde y pide una
disculpa. Se sienta en la mesa principal de frente al salón lleno de
reporteros, quienes toman turnos para lanzar sus preguntas, las
cuales son recibidas con calma y contestadas con el conocimiento y
experiencia que uno gana a lo largo de 63 años de vida.
A diferencia de otras ruedas de prensa,
en la que los políticos o funcionarios toman posturas prepotentes y
esquivan preguntas, el entrevistado del día acepta todo, las
preguntas más fumadas son contestadas con ánimo, y el encuentro se
torna en una charla, como si fuera una plática de café.
Nada en él da señas de altanería,
todo de negro con una gorra de Panamá y una botella de agua en la
mesa, así transcurren los minutos en los cuales uno llega a olvidar
el tamaño de personalidad que tiene enfrente. Hasta que sale el
comentario.
El personaje en cuestión narra cuando
se metió en la producción de un disco en el cual adaptaba cuentos
de Gabriel García Márquez a la música. “Entonces le pedí a
Gabriel que me ayudara a escribir las canciones”, es hasta que se
expresa con tal naturalidad y familiaridad del escritor más
importante de Latinoamércia que uno recurda que tiene enfrente a
Rubén Blades, salsero, actor, activista social, político y ex
funcionario de su país.
Originario de uno de los barrios más
pobres de Panamá, el salsero hace un pequeño recuento de las
enseñanzas que dejó en él esa etapa de su vida, y cómo ésta es
lo que lo motiva a involucrarse en la vida política de su país, por
ese sentimiento de responsabilidad con su gente. Gané dinero
cantando de las dificultades y entré en una contradicción, por eso
busco cómo ayudar, comenta a los presentes.
Horas después da un concierto en el
Zócalo de Puebla, en el cual tocó muchas de sus canciones más
conocidas. Si bien tiene canciones alegres, con temas tradicionales
en la salsa, predominan las que te hacen pensar, las que educan y
sirven para mantener en la memoria los hechos del pasado, las
dificultades del presente y los ideales para el futuro.
Entre canciones lanza mensajes a la
gente presente, sigue reflexionando sobre la realidad en la que
vivimos los habitantes de los países de latinoamericanos.
Presume el tiempo que fungió como
ministro de Turismo en su país, período que considera de los
mejores años de su vida. “El poder no te corrompe, te
desenmascara, porque es entonces cuando demuestras la calidad de la
educación que tienes”.
Hacia el final de su concierto, motiva a los cientos de poblanos presentes poniéndose como ejemplo, “es posible hacer un cambio”.
miércoles, 2 de mayo de 2012
Cuando uno quiere hacer las cosas bien, pero las cosas quieren seguir mal
Desde pequeños nos enseñan (o por lo menos pretenden enseñarnos) a ser buenos ciudadanos, dar el asiento a la señora mayor en el camión, no tirar la basura en el suelo, cuestiones por el estilo que en la mayoría de los casos nos entran por un oído y se nos salen por la nariz, porque la otra oreja está taponeada se cerilla.
Pero ¿qué pasa el día que uno se despierta con ese sentimiento de querer hacer las cosas bien? Tan acostumbrada está la gente a que todo mundo hace las cosas de malas o con mala intención que luego no ven las cosas como verdaderos intentos por mejorar un poco las cosas. En lo personal esta semana he tenido dos experiencias, que me orillaron a volver a refugiar mis frustraciones sociales en este pequeño espacio.
Primero fue el lunes, Día del Niño. A eso de las cuatro de la tarde los portales de Puebla estaban atascados de familias que disfrutaban un desfile de botargas de caricaturas para los pequeños. La pobre que escribe estas líneas se dirigía a cargar gasolina, o sea, a comprar café para seguir redactando sus notas, cuando de pronto empiezo a ver mucho humo, lo cual era muy extraño teniendo en cuenta que estaba en la zona del Zócalo.
Después de hacer una inspección visual rápida noté que el humo salía de un bote de basura de los portales, muy cerca de donde se encontraban los padres de familia con sus niños viendo el desfile. Miré dentro y vi un papel ardiendo. Mi primera reacción fue correr en busca de agua, pensando en el riesgo que era eso para todos los presentes, podría no quemarse más allá del bote, pero el humo era suficiente para causar ciertos estragos.
Corrí al café, les pedí un poco de agua y regresé a vaciar un litro de agua en el bote. Al contacto con el líquido empezó a salir más humo, pero el fuego estaba controlado. En ese momento fue que vi con calma a mi alrededor, y vi no sólo a las familias viendo el desfile, vi un grupo de personas que simplemente estaban recargados contra la pared viendo mis esfuerzos por apagar el fuego, y fue cuando me pregunté ¿ellos estuvieron ahí viendo el humo y no hicieron nada?
El segundo caso fue esta mañana. Iba caminando tranquilamente por el centro de la ciudad, cuando de la nada uno de los botes de basura que recién instaló el ayuntamiento se cayó. La gente lo vio y siguió de largo, pero recordé lo costoso que eran esos botes y me dio un poco de culpabilidad no hacer nada, así que marqué al 072, supuesto número al que los ciudadanos pueden reportar cualquier falla en los servicios públicos.
Para empezar, el menú esta revuelto. Te brincan de la opción 2 a la 9, a la 3 a esperar en la línea si quieres ser atendido por un asesor. Dado que ninguna de las opciones hacía referencia a "servicios públicos" esperé a que una persona de carne y hueso respondiera la llamada.
La señorita que me atendió fue de lo más ruda; cuando le dije que quería reportar que uno de los botes se había caído me respondió que tenía que reportarlo a la opción 2, pero cuando le dije que esa era para Alumbrado Público, replicó en tono prepotente que habían cambiado el menú y que esa opción era para servicios públicos.
Volví a comunicarme, marqué la opción que me recomendó la operadora, pero la mujer que me contestó me dijo que no era en esa extensión, sino en Atención Ciudadana, la cual no existía entre las opciones que daba el menú.
Al colgar estuve a punto de mandar a volar el caso, si ellos no se interesan ¿por qué yo si? pero ganó mi parte responsable, y recordé las maravillas de ser reportera. Me comuniqué directamente con la asistente del secretario de Servicios Públicos y le di mi reporte. Si lo llegaron a recoger o no, ya no esperé a ver.
¿Por qué es que cuando uno intenta hacer las cosas de buena fe la gente reacciona de esta manera? Una parte de mi vota por dejar las buenas intenciones a un lado, si la gente quiere seguir viviendo en un cagadero, adelante. Pero gana más mi terquedad, mis ganas de luchar por causas perdidas.
No digo que sea una santa paloma, una ciudadana modelo y un ejemplo a seguir, para nada; simplemente quería reflexionar acerca de cómo la sociedad busca la forma de aplastar los esfuerzos por mejorar tanto el entorno en el que vivimos, como el aspecto personal. Pero, reitero, soy terca, y seguiré en esto.
Pero ¿qué pasa el día que uno se despierta con ese sentimiento de querer hacer las cosas bien? Tan acostumbrada está la gente a que todo mundo hace las cosas de malas o con mala intención que luego no ven las cosas como verdaderos intentos por mejorar un poco las cosas. En lo personal esta semana he tenido dos experiencias, que me orillaron a volver a refugiar mis frustraciones sociales en este pequeño espacio.
Primero fue el lunes, Día del Niño. A eso de las cuatro de la tarde los portales de Puebla estaban atascados de familias que disfrutaban un desfile de botargas de caricaturas para los pequeños. La pobre que escribe estas líneas se dirigía a cargar gasolina, o sea, a comprar café para seguir redactando sus notas, cuando de pronto empiezo a ver mucho humo, lo cual era muy extraño teniendo en cuenta que estaba en la zona del Zócalo.
Después de hacer una inspección visual rápida noté que el humo salía de un bote de basura de los portales, muy cerca de donde se encontraban los padres de familia con sus niños viendo el desfile. Miré dentro y vi un papel ardiendo. Mi primera reacción fue correr en busca de agua, pensando en el riesgo que era eso para todos los presentes, podría no quemarse más allá del bote, pero el humo era suficiente para causar ciertos estragos.
Corrí al café, les pedí un poco de agua y regresé a vaciar un litro de agua en el bote. Al contacto con el líquido empezó a salir más humo, pero el fuego estaba controlado. En ese momento fue que vi con calma a mi alrededor, y vi no sólo a las familias viendo el desfile, vi un grupo de personas que simplemente estaban recargados contra la pared viendo mis esfuerzos por apagar el fuego, y fue cuando me pregunté ¿ellos estuvieron ahí viendo el humo y no hicieron nada?
El segundo caso fue esta mañana. Iba caminando tranquilamente por el centro de la ciudad, cuando de la nada uno de los botes de basura que recién instaló el ayuntamiento se cayó. La gente lo vio y siguió de largo, pero recordé lo costoso que eran esos botes y me dio un poco de culpabilidad no hacer nada, así que marqué al 072, supuesto número al que los ciudadanos pueden reportar cualquier falla en los servicios públicos.
Para empezar, el menú esta revuelto. Te brincan de la opción 2 a la 9, a la 3 a esperar en la línea si quieres ser atendido por un asesor. Dado que ninguna de las opciones hacía referencia a "servicios públicos" esperé a que una persona de carne y hueso respondiera la llamada.
La señorita que me atendió fue de lo más ruda; cuando le dije que quería reportar que uno de los botes se había caído me respondió que tenía que reportarlo a la opción 2, pero cuando le dije que esa era para Alumbrado Público, replicó en tono prepotente que habían cambiado el menú y que esa opción era para servicios públicos.
Volví a comunicarme, marqué la opción que me recomendó la operadora, pero la mujer que me contestó me dijo que no era en esa extensión, sino en Atención Ciudadana, la cual no existía entre las opciones que daba el menú.
Al colgar estuve a punto de mandar a volar el caso, si ellos no se interesan ¿por qué yo si? pero ganó mi parte responsable, y recordé las maravillas de ser reportera. Me comuniqué directamente con la asistente del secretario de Servicios Públicos y le di mi reporte. Si lo llegaron a recoger o no, ya no esperé a ver.
¿Por qué es que cuando uno intenta hacer las cosas de buena fe la gente reacciona de esta manera? Una parte de mi vota por dejar las buenas intenciones a un lado, si la gente quiere seguir viviendo en un cagadero, adelante. Pero gana más mi terquedad, mis ganas de luchar por causas perdidas.
No digo que sea una santa paloma, una ciudadana modelo y un ejemplo a seguir, para nada; simplemente quería reflexionar acerca de cómo la sociedad busca la forma de aplastar los esfuerzos por mejorar tanto el entorno en el que vivimos, como el aspecto personal. Pero, reitero, soy terca, y seguiré en esto.
miércoles, 7 de marzo de 2012
La Edad de la Culpa
Llevo un par de semanas haciéndome la misma pregunta: ¿es posible que con la edad, además de crecer las lonjas, los achaques y otros signos físicos del envejecimiento, crece el sentimiento de culpa?
Siempre me he considerado una persona bastante razonable (entre lo que cabe), y soy de la ideología de nunca arrepentirme de nada de lo que hago, todo lo que uno vive, bueno o malo, son experiencias que además de darte conocimiento le dan un pequeño sabor a la vida.
Pero de unas semanas para acá, concretamente desde que empezó el 2012, me ha perseguido la culpa. Desde cosas banales como el comerme un pan de más que sé que repercutirá directamente en mis maravillosas llantitas, hasta cosas un poco más neuróticas como sufrir porque solamente escribí tres notas en un día y siento que me falta explotarme laboralmente un poco más.
Al preguntarle a un amigo mayor si acaso el sentimiento de culpa es directamente proporcional a la edad, y que si a penas a mis veintes ya me siento así, no quiero saber cómo estaré cuando llegue a la tercera década, él simplemente me respondió “no, lo que pasa es que con la edad aumenta la capacidad para portarte mal”.
Esa respuesta hace unos años, si no es que hace unos meses, me hubiera relajado, pero en mi estado actual de mujer seudo recatada, ha causado un peor conflicto en mi interior. ¿O sea que cada vez podré ser peor? ¡Dios me libre y a los que me rodean! Si mi locura va a ir en aumento con los años, las cosas se pueden poner feas (por no decir muy divertidas).
Eso si, y no confundamos las cosas, sigo sin arrepentirme de nada de lo vivido. Si bien han sido varios los fines de semana en los que abro los ojos con difultad por la tremenda resaca que me dejaron las chelas de la noche anterior (¡ah! porque esa es otra de las cosas que han crecido con la edad, el tamaño y duración de las crudas, sin importar lo poco que beba). La cuestión es que abro los ojos, recuerdo los pequeños episodios de la noche, y más allá de lo hecho, no hecho, dicho, no dicho, mensajes envíados a ciertas personas, el principal y único sentimiento de culpa es “chale, con lo que gasté anoche comía dos días”.
Ta vez no es la culpa lo que crece, sino el sentimiento de responsabilidad. El saber que uno debe financiar no solo la bebida, sino la comida, ropa, zapatos, café (vicio primordial en la vida de un reportero), así como otras cuestiones básicas. Hasta puntos tan básicos como el “no me gustaría que eso me lo hicieran”, y por eso marcamos ciertas distancias.
Tal vez estas reflexiones, estos sentimientos encontrados y golpes de pecho sin sentido son parte del proceso de madurez. Y si el madurar es sentirme culpable por echarme unas chelas y otros desmanes típicos de mi personalidad, pues sólo me queda apechugar y aguantarme como las machas, porque cambiar, a estas alturas, ya está un poco complicado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


